Al
comenzar la clase, debido a que la profesora nos debería de haber visto
cansados (clase a última hora), nos dio la opción de ponernos de pie para
estirar un poco.
Después
de ello, nos pidió que cogiéramos un folio y un bolígrafo. Mientras ella ponía
música relajante de fondo.
El
objetivo que buscaba era llevar a cabo un “hilo de la memoria” (haciendo
referencia al nombre de la actividad). Para ello, junto con la música, nos hizo
hacer un viaje al pasado para recordar el primer cuento del que nos acordábamos,
así como en el contexto en el que se sucedía esa lectura, quien era la persona
que nos lo contaba, si fue una lectura propia, el por qué ese cuento y no otro…
Posteriormente,
nos pusimos en parejas y lo compartimos con un compañero. Tras ese pequeño
debate, cada uno de nosotros tuvimos que elegir una palabra que englobara
nuestro sentimiento con respecto a ese momento. Se pusieron todas en la
pizarra.
Como tarea, se nos propuso realizar un
cuento en común que tuviera presentes las palabras que escogimos ambos miembros
de la pareja.
REFLEXIÓN
Esta clase ha sido diferente.
Particularmente, no me esperaba que fuera así, esperaba que fuera dirigida a la
práctica de reglas que construyen el lenguaje como en la clase anterior, pero
en esta ocasión, la sesión fue dedicada a nosotros mismos.
Hoy en día resulta difícil que
algo te invada de tu alrededor y solo pienses en ti mismo. En esta práctica, lo
logré. Con la música relajante de fondo y la manera en que la profesora guiaba
nuestro pensamiento pude olvidarme de casi todo a mi alrededor, solo prestaba
atención al papel, al bolígrafo y a mí misma. Indagaba en los recuerdos de mi
infancia buscando cuál fue el primer libro que me contaron o que leí. Se me
venían muchos recuerdos y sensaciones. Finalmente, opté por elegir uno de ellos
para plasmarlo en el papel. En ese viaje al pasado, me encontraba yo junto a mi
hermana mayor, ya que dormíamos en la misma habitación. Ella leía en silencio,
mientras, yo la miraba.
Mis gestos hacia ella impedían
que se concentrara, por lo que ella eligió leer en voz alta para conseguir
captar mi atención y que ella pudiera entender lo que leía. Se trataba de un
libro que contenía 365 cuentos y ella acostumbraba a leer uno cada noche antes
de dormir. A partir de ese momento, se volvió costumbre para mí también el
hecho de acompañarla en la lectura cada día.
En definitiva, esta práctica
me ha hecho ver que a veces es necesario echar la mirada atrás y ver lo que hoy
en día ha provocado que seamos como somos, que nos gustara lo que nos gusta,
que rechacemos lo que rechazamos.
Esto sirve para saber qué es
lo que queremos transmitir y cómo queremos que se nos recuerde.
¿Me obligaban a leer? ¿Me divertía
leer? Esto es a menudo lo que pienso cuando me enfrento a un libro.
En mi etapa como alumna de
primaria, recuerdo que existía una biblioteca. Nuestro profesor nos propuso que
fuéramos cogiendo libros y cuando acabáramos uno rellenáramos una ficha sobre ese
libro en la que había que poner un pequeño resumen y nuestra opinión sobre la
lectura realizada. Recuerdo que me motivaba mucho, ya que eran, en su mayoría,
libros de aventura y fantasía. Sin embargo, cuando entre en la ESO me costó el
hecho de leer, ya que te imponían una serie de libros y luego te puntuaban
sobre ello y en ocasiones, me estresaba.
Sin embargo, hoy en día, leo
lo que me gusta y lo que me llama la atención, por lo que me divierte leer.
Por estos motivos, cuando en
un futuro ejerza de docente, me gustaría tratar la lectura como lo hizo mi
profesor de primaria, ya que en mis inicios fue muy favorecedor y lo recuerdo
divertido.
Durante la práctica, cuando la
profesora nos pidió que describiéramos en una palabra lo que sentíamos con
respecto a la actividad, elegí nostalgia. Nostalgia porque eché de menos la
inocencia que en ese momento tenía y a las personas que me rodeaban
continuamente, con las que a día de hoy me gustaría pasar mucho más tiempo.